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El siglo XIX empieza con Francisco Goya (1746-1828) y se cierra con Edvard Munch (1863-1944), un pintor meridional y uno nórdico, que tienen en común el partir de un siglo y volcarse creativamente en otro; dos pintores que interrogan el alma humana descubriendo sus grandezas y sus miserias, sus glorias y, sobre todo, sus temores.
En el siglo que negó los principios de la autoridad tradicional, que vivió y murió por la igualdad y la libertad, que empezó a dominar el mundo físico; en el siglo que mitificó la máquina y en el que ya nada volvió a ser nada de lo que era antes de la Revolución francesa, el arte expresó realidades inasibles, sutiles, escurridizas, cambiantes, en las que era difícil marcar fronteras, realidades en las que lo monstruoso colectivo se pasó a lo monstruoso individual. El arte dejó de ser un medio obediente al poder, a las mil caras del poder de la monarquía y la Iglesia, dejó de ser un sistema visual para construir y asentar concepciones del mundo, para convertirse en instrumento catártico del individuo, en sistema visual liberador de los afectos y tensiones internas del ser humano: “El conjunto más interesante del Salón es el que nos muestra el señor Edvard Munch –escribió Yvanhoé Rambosson en su cometario al Salón des Indépendants publicado en La Pluma el 15 de mayo de 1897 -. El esfuerzo de este artista es de los más singulares. Ante su cuadro hubo bastantes carcajadas. Sin llegar a decir que Munch logró algo definitivo, se abrió un camino personal. Su pensamiento, muy torturado, encuentra a menudo una forma de expresarse insólita e impresionante. Cuando no hay talento, la extravagancia es ridícula, pero cuando un artista es realmente un intelectual, tiene derecho a desembarazarse de todas las formas de arte reconocidas por el pasado y crear al margen de cualquier ley que no sea de su temperamento. De los cuadros presentados por Edgard Munch, llaman la atención sobre todo: Angustia, una avalancha de personajes fantásticos de aspecto terrorífico; Hombre celoso, de una observación que no excluye el sueño de lo horrible; la Muerte, composición turbadora, envuelta en un misterio estremecedor. La Muerte está en la habitación merodeando e insuflando su aliento sobre todo, sobre los seres y sobre las cosas. Se tiene la sensación de recibir una bocanada de espanto. El único reproche que podría hacérsele a Edgard Munch es que obtiene esta impresión por un procedimiento demasiado directo, porque es demasiado material. Consigue el efecto de terror a través de un color o de una combinación de líneas que, sin dejar de ser estéticas, son físicamente degradables.
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